
Confieso que hasta hace un par de años nunca tuve mucho interés en la poesía. Siempre que buscaba un libro para leer me decantaba por una novela o una biografía hasta que encontré a Whitman. A él y al “Martín Fierro” les debo haber ampliado el abanico. Y le debo el haber encontrado a Whitman a esa maravilla de serie que era “Doctor en Alaska”.
Walt Whitman fue uno de los tres pilares de la verdadera cultura e identidad estadounidense (no van los tiros por Hollywood o el McDonald’s) junto a Emerson y Thoreau. Tres personajes cuyo respeto a los pieles rojas, su amor a la Naturaleza y su activa lucha contra el materialismo y la esclavitud acabaron influyendo al mismísimo Gandhi. Por ellos tres es por lo que debemos seguir confiando en que ese país levante algún día el vuelo moral.
“Hojas de hierba” es un tremendo canto a la vida contemplativa y pasional, un llamamiento al erotismo redentor, a saborear cada instante de la vida entregándonos al deseo y confiando nuestra suerte a los dioses del aire, el fuego, la tierra y el agua. Cuando leí este libro pensé que Whitman era una mezcla entre Sade, Buda y Toro Sentado. No sé explicarlo de un modo mejor, así que cada cual haga su análisis si lo lee, cosa que pienso que todo mortal debería hacer alguna vez en su vida. Es un libro que tiene respuestas para todo, una enciclopedia de lo que debería ser la vida en pocas páginas.
Muchas noches antes de dormir leo trozos sueltos, y aunque podría meter el libro entero os dejaré con la que posiblemente sea mi parte preferida:
“El viaje que emprendo es eterno, ¡que todos me oigan!.
Mis signos son un capote contra la lluvia, fuertes zapatos y un bastón cortado en el bosque,
En mi silla no sestean los amigos,
No tengo cátedra ni iglesia ni filosofía,
No llevo a ningún hombre a una mesa puesta, a la biblioteca, a la bolsa,
Pero a cada uno de vosotros, hombre o mujer, lo llevo a una cumbre,
Mi brazo izquierdo ciñe tu cintura,
Mi derecha señala los continentes y el gran camino.
Ni yo ni ningún otro puede andar por ti ese camino,
Eres tú quien debe andarlo.
No queda lejos, está a tu alcance,
Quizá estabas en él desde que naciste y no lo has sabido,
Quizá esté en todas partes, en mar y en tierra.
Échate tus prendas al hombro, hijo mío, y yo traeré
las mías y apresurémonos;
Ciudades prodigiosas y naciones libres nos saldrán al paso.
Si te cansas, dame las dos cargas y apoya tu mano en mi cadera,
Y a su debido tiempo me devolverás el mismo servicio,
Porque ya emprendida la marcha nunca
descansaremos.
…
Demasiado tiempo has vadeado, asido de una tabla en
la orilla,
Ahora quiero que seas un nadador, que te arrojes al
mar, que reaparezcas, que me hagas una seña, que
grites y que agites el agua con tus cabellos.”